Los estragos del Arco Minero

A dos años de creada la Zona Estratégica de Desarrollo Nacional para explotar los recursos de un territorio que abarca más de 111.000 kilómetros cuadrados al sur del Orinoco, han aumentado la deforestación y la contaminación en la zona.

En el argot minero venezolano la bulla se refiere al eufórico momento en el que se descubre una veta de oro, hallazgo que tiene efecto de llamada para cientos o tal vez miles de personas, ávidas de sumarse a la explotación del mineral. El término le sirve al ex senador Alexander Luzardo para describir las secuelas que, sobre los territorios al sur del Orinoco, ha dejado la decisión del gobierno de crear en el estado Bolívar una Zona de Desarrollo Estratégico Nacional de 111.846,70 kilómetros cuadrados, 12% del territorio nacional, una extensión mayor que la de países como Cuba, Islandia y Corea del Sur.

“Con el Arco Minero, el gobierno decretó una bulla”, señala el experto sobre el controvertido decreto 2.248, de cuya publicación, en  Gaceta Oficial N° 40.855, se cumplieron dos años ayer. El poder de seducción que ha tenido la medida gubernamental es sin duda similar a la excitación que entre los mineros puede causar el hallazgo de pepitas del metal dorado. Luzardo, que fue redactor de las normas ambientales de la Constitución de 1999, considera que no hay novedad, se trata del efecto “de la ilusión hiperrentista que conduce a un delirio, detrás del cual siempre está la idea del premio y de la salida providencial”.

La atracción a la que se refiere no se tradujo, sin embargo, en la concreción de las masivas ofertas de inversiones de las 150 empresas que en principio el gobierno aseguró que competirían por concesiones en el territorio.

Vilisa Morón, presidente de la Sociedad Venezolana de Ecología, señala que si bien la explotación a escala industrial sigue siendo un espejismo, lo que sí ha impulsado el decreto, en cambio, es la proliferación incontrolada de la pequeña minería.

“Se suponía que había la intención de instalar un mecanismo para regular lo que estaba siendo extraído por la minería informal, pero no hay tal vigilancia y no solo se está produciendo una extracción ilícita, sino que tampoco hay un control ambiental ni una obligación de reparar zonas que están siendo deforestadas”, señala.

La presión sobre uno de los territorios que concentra la mayor cantidad de áreas protegidas de Venezuela ha sido una preocupación central para los ambientalistas desde la aprobación del decreto, aunque ha pasado a segundo término en medio de los escándalos que han rodeado la firma de contratos para la explotación del territorio y de la violencia que se ha desatado en el estado Bolívar.

Basta recordar que la entidad posee la mayor cantidad de áreas bajo régimen especial en Venezuela, entre ellas los 3 millones de hectáreas del parque nacional Canaima, los 7,5 millones de hectáreas del parque nacional el Caura –formalizado en 2016, luego de la lluvia de ácidas críticas contra la política minera gubernamental– y las 5 millones de hectáreas de la reserva forestal de Imataca.

La comisión mixta creada por la Asamblea Nacional para estudiar el impacto del Arco Minero, que presentó sus conclusiones en diciembre en la plenaria del Parlamento, concluyó que una de las consecuencias del decreto fue precisamente que aumentó la fragilidad de las zonas protegidas, donde, de hecho, incursiones mineras ilegales, que han sido documentadas.

“Todas las áreas bajo régimen de administración especial del sur del Orinoco, tales como los parques nacionales, monumentos naturales como los tepuyes, reservas forestales, zonas protectoras, del Estado Bolívar, Delta Amacuro y Amazonas, se encuentran amenazadas por las distintas formas de minería, incluyendo las denominadas legales o legalizadas”, dice el texto aprobado por la AN.

Un estudio hecho a petición de la ONG indígena Kuyujani en 2011, señalaba que 92% de las etnias Yekuana y Sanema en la cuenca del Caura presentaban niveles de mercurio por encima de lo recomendado por la Organización Mundial de la Salud.

El retroceso de los bosques de Guayana, un territorio que por extensión pertenece a la Amazonia, uno de los pulmones del planeta, ha sido advertido en estudios realizados por la Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada, los cuales señalan que mientras en el resto de los países de la región la tendencia ha sido a la disminución en la tasa de pérdida de bosques, en Venezuela ha ocurrido lo contrario. Entre 2010 y 2013 se perdieron 1.742 kilómetros cuadrados.

El decreto del Arco Minero no habría hecho más que incrementar esa propensión, advierte el biólogo y ambientalista Alberto Blanco-Dávila, editor de la revista Explora, que prepara una edición especial sobre el sur del Orinoco, como parte de una campaña para dar a conocer los riesgos ambientales del Arco Minero. Aunque no hay información oficial sobre el impacto actual de la deforestación, cálculos del portal de investigación periodística arcominero.com cifraron en 200 hectáreas la pérdida de zonas verdes en el municipio Sifontes entre diciembre de 2016 y abril de 2017.

El impacto de la explotación minera sobre la flora y la fauna es otro de los desvelos de quienes siguen de cerca las consecuencias de lo que está ocurriendo al sur del Orinoco.

Venezuela se cuenta entre los 10 países con mayor biodiversidad, precisa Morón. En la región se han contado más de 5.000 especies de insectos, aproximadamente 5.000 especies de plantas, 850 especies de aves, 205 especies de anfibios, 204 especies de reptiles, 257 especies de mamíferos y 654 especies de peces.

La Oficina Panamericana de la Salud indica que los casos de malaria en Venezuela se dispararon hasta llegar a 319.765 afectados en 2017. Las cifras del año anterior ya habían registrado un récord, pues se contaron 240.613 casos.

El paludismo ha resurgido furioso especialmente al sur del Orinoco y su asociación con la explotación minera es inevitable, advierte el biólogo Alejandro Álvarez Iragorry.

“Los pozos de las zonas de explotación son hábitat propicio para el mosquito que transmite de la malaria, que también se ve favorecido con el cambio de microclima causado por la deforestación de los bosques. En los dos últimos años hemos tenido cifras históricas de la enfermedad; además, hay que tomar en cuenta que personas de todas las regiones se movilizan al estado Bolívar para la explotación aurífera y eso ha influido en su proliferación en todo el país”, señala.

El experto ambiental Alexander Luzardo advierte de que otras enfermedades transmitidas por insectos –como dengue, zika y chikungunya– encuentran un entorno apropiado en las zonas mineras, donde la situación de salud es precaria y no se toman medidas de prevención ni hay acceso a medicamentos.

Luzardo, profesor de la Universidad Central de Venezuela también alerta que la escasez de alimentos y la inflación tendrán efectos devastadores sobre el ambiente: “Estamos a las puertas de una hambruna, y una de las consecuencias inmediatas de estas crisis sociales y económicas, además de las lamentables pérdidas humanas, es la pérdida de biodiversidad”.

Ambos especialistas  manifiestan enorme preocupación por la situación de los pueblos indígenas, pues las comunidades se han visto desplazadas y afectadas por el avance de la minería. “Estamos en presencia de un etnocidio potencial”, previno Luzardo.

Con información de El Nacional


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