Warao relata el inicio de la educación en su comunidad

“Corrían los años de mi infancia, era 1974. Todo era normal, nadie sabía leer ni escribir, todos vivían felices en su mundo. Las mañanas solían ser soleadas, las aguas circulaban siempre con sus bulliciosos cantares. Los niños y los no muy niños llenaban su tiempo saltando los rabanales y los manglares”.

Un warao, aproximadamente de 55 años y con visibles canas y, quien solicitó mantener en reserva su identidad, describió el inicio de la educación en su comunidad, un asentamiento warao localizado en la parroquia Manuel Renauld del municipio Antonio Díaz del estado Delta Amacuro.

“Un día, la tranquilidad de la tarde fue herida por un ruido extraño, penetrante; un ruido que hacía daño a los oídos, venía por el río y se vio atracar una extraña embarcación, no era la curiara del viejo Ciriaco ni tampoco era el bongo de Facundo que todas las mañanas traían los morocotos” comenzó su narrativa.

Era la lancha del padre Damián del Blanco. De allí todo cambió, se reunió con algunos de los adultos de la comunidad y noté que intercambiaron ideas y hasta llegaron a la discusión.

Unos aprobaban y otros no querían la descabellada propuesta de hacer una escuela, de enseñar a leer y a escribir; hasta que hubo consenso. Al día siguiente, los adultos empezaron a traer los primeros palos, las primeras palmas y los meses siguientes, la primera escuela de la comunidad fue tomando su forma.

Era un cambullón, un palafito grande de tres paredes de palmas protectores de las brisas y de los rayos solares, más o menos de diez por 15 metros de largo, estaba ubicado en la orilla del río, encima de las aguas, un puente de Anare (troncos de la palma manaca) servía de entrada a la escuela.

Y un 20 de noviembre del año 1974 entramos a recibir nuestra primera letra, nuestra primera instrucción, recuerdo muy bien que allí nos hizo parar en una extraña posición que hoy se hace llamar la formación.

Al frente estaba el primer maestro de la comunidad, estaba mi primer maestro.

Han pasado 45 años. Me parece que fue ayer. Un tributo al docente anónimo, al maestro que no lucirá nunca una medalla, ni tendrá condecoración en su pared, pero siempre estará en los corazones de sus alumnos y lo llamarán maestro, concluyó.


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